Investigadores de Carolina del Norte creen que con el auge de los vehículos autónomos, es necesario cambiar una de las formas más antiguas y reconocibles de señalización de tráfico: el semáforo.
Los semáforos no han cambiado mucho en más de un siglo, e incluso los niños de preescolar conocen el significado de sus colores: rojo significa detenerse, amarillo significa reducir la velocidad y verde significa avanzar. Pero investigadores de la Universidad Estatal de Carolina del Norte creen que es hora de un cambio: proponen la introducción de un cuarto color: el blanco. Esto permitiría una gestión más eficiente de las intersecciones con la ayuda de vehículos autónomos que se comunicarían entre sí y controlarían el flujo de tráfico.
Las luces blancas no se usarían constantemente, sino solo cuando hubiera suficientes vehículos autónomos conectados en la intersección. Actuarían como semáforos móviles, coordinando los movimientos e indicando a los conductores humanos que simplemente sigan al vehículo que va delante mediante una señal blanca. Esto reduciría la congestión, ya que los vehículos con acceso a datos compartidos podrían coordinar las mejores rutas.
Los investigadores denominan al nuevo sistema "fase blanca" y afirman que se trata de un sistema de coordinación de tráfico distribuido que se basa en la potencia de cálculo combinada de vehículos autónomos. Cuando no hay suficientes, las intersecciones permanecen inalteradas, con el régimen habitual de rojo-amarillo-verde. Las pruebas han demostrado que este enfoque podría reducir la congestión hasta en un 94 % y mejorar la eficiencia general del sistema en casi un 99 %.
Pero la implementación práctica de un sistema de este tipo aún no está en el horizonte. Su implementación requeriría modernizar o reemplazar aproximadamente tres cuartas partes de la infraestructura actual, y a pesar del enorme progreso logrado en los últimos años, la presencia masiva de vehículos totalmente autónomos aún está muy lejos. No obstante, la investigación ofrece una visión interesante de un futuro donde el tráfico podría fluir más rápido, con mayor fluidez y, sobre todo, con menos estrés, aunque sin duda extrañaremos el placer de conducir.


